Cuando las cosas que pasan no adhieren al sentido común, tarde o temprano sobrevienen las crisis. Esta crisis en la cual estamos inmersos hoy era tan previsible como que la noche sigue al día. Y sino, lean las cartas anuales que enviaba Warren Buffet a los accionistas de su fondo de inversión y, mejor aún, su estrategia de acumular cash durante los últimos años ante la desorbitada valuación que habían alcanzado los activos… Pero no hay que ser Warren Buffet para saber esto. El sentido común nos lo decía por lo bajo a todos nosotros. El sentido común nos alertaba una y otra vez que no era razonable que un puñado de gente alrededor del mundo se estuviera haciendo multi-millonaria en menos de una década a expensas de la mayoría de los ciudadanos que ahora se han quedado hipotecados de por vida a unas valuaciones de activos desproporcionadas desde todo punto de vista. El sentido común nos decía a todos que se estaba produciendo una transferencia gigantesca de recursos desde la clase trabajadora (y por ellos no solo me refiero a quienes trabajan en una línea de producción, sino también a todos aquellos que trabajan detrás de un escritorio en un banco, vendiendo coches o seguros, gestionando pequeñas y medianas empresas, etc.) hacia las clases más ricas.
Resulta gracioso y hasta indignante ver ahora a los representantes de la cámara baja de los Estados Unidos sometiendo a una violenta interrogación a los máximos responsables de Lehman o AIG… a menos que decidan trater de la misma manera -entre muchísimos otros – a personalidades como el señor Greenspan o el señor Caruana, que en su momento fueron los responsables de lanzar al mercado toneladas de dinero barato durante un tiempo excesivo el uno y de no haber hecho todo lo necesario para evitar la burbuja inmobiliaria en España el otro. Esos gestores no fueron más que simples ejecutores que operaron en beneficio propio (como operamos la mayoría de los hombres) en medio del descontrol gerenado por dos factores clave: la ineptitud y laxitud de los gobernantes, legisladores y reguladores que permitieron que la innovación financiera expandiera el crédito en forma indiscriminada y desentendida del nivel de riesgo; la miopía de la Reserva Federal que en su afán de evitar una recesión a toda costa se ha aferrado a dos burbujas – y sus respectivas e inevitables explosiones – haciendo caso omiso de su función de preservar el poder adquisitivo de la moneda. La verdad es que todos los diferentes responsables de haber dejado rodar el sistema financiero mundial por la vertiginosa senda de la innovación descontrolada y la abundancia irracional son co-rresponsables de la crisis que ahora enfrentamos. Con lo cual, los miembros de la cámara de representantes de los Estados Unidos harían mejor en abandorar la caza de brujas y decicarse a hacer su verdadero trabajo, que es legislar para que estas cosas no ocurran.
El futuro, aunque muy complicado en el corto plazo, será positivo en el medio y largo plazo. ¿Porqué? por la sencilla razón de que los agentes ineficientes desaparecerán del mercado lo cual permitirá que los agentes eficientes vuelvan a ubicarse de donde fueron temporalmente desplazados y vuelvan a aportar a la economía su dosis de valor que, agregada, contribuye al crecimiento sostenible de las economías y no, simplemente a inflar un poco más la próxima burbuja como lo hace el trabajo de los agentes ineficientes. Políticamente, esta frase es altamente incorrecta, y sino que se lo digan al ministro Solbes que tuvo que desdecirse elegantemente al día siguiente de pronunciarla. Pero, la ilusión no tiene rol permanente en la economía, simplemente puede tener un papel temporal – que dura el tiempo que los gobernantes hacen mal su trabajo -. Después sobreviene la dura realidad: la vuelta de las ventas a su punto de equilibrio de largo plazo, el aumento temporal del paro, el aumento de la morosidad, etc. Y lo peor es que no hay recetas mágicas para salir de estas crisis… solo trabajo del real, del difícil, del sacrificado. En este contexto no funciona el apalancamiento financiero indiscriminado porque las expectativas de crecimiento ya no son irracionales. Lo único que funciona en este contexto real son la alineación entre la estrategia de la empresa y los cambios del mercado, la innovación en nuevos productos de alto potencial, la frugalidad y la reasignación de los gastos hacia las áreas más productivas del trabajo (lo que tiene por pre-requisito identificar cuáles son dichas áreas en que el gasto y la inversión tienen mayor efecto en las ventas), y la inversión en el desarrollo del Capital Social de la empresa y el entrenamiento de los empleados para que puedan realizar mejor su trabajo. Esta es la receta de las empresas que han sobrevivido más de 400 años, atravesando no solo crisis económicas sino también guerras y otras desvastadoras calamidades que han diezmado poblaciones y mercados.







